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GREEN DAY - DOOKIE: UNA GRAN LLUVIA DE CACA**
Escrito por: Fran Carrera

“Les sugerimos que avienten lodo, qué chido” dijo Mike, a lo que Billie Joe respondió “Aviéntense lodo entre ustedes”. Para cuando tocaron ‘When I Come Around’, su stratocaster parecía más un pañal que una guitarra. Así habrá sido la imagen para que el wey le gritara al público: “Mírense, sucios cabrones”.
“Esta (rola) es de uno de nuestros discos que nadie tiene”, dijo Billy Joe, refiriéndose a ‘One Of My Lies’, de Kerplunk (1991). Este comentario resume bastante bien lo que estaba sucediendo en las vidas de Green Day en ese momento. Woodstock 1994 se transmitió en vivo por ‘pay-per-view’ en muchas señales de tele de paga a nivel mundial, haciendo que el cagaderote que armó Green Day ese día no sólo los vieran los chingomil hippies que andaban en el festival, sino también otros varios millones de personas desde sus casas en todo el mundo.
6 meses antes, el 1 de febrero de 1994, Dookie fue lanzado en medio de un mar de críticas de la escena punk underground californiana por haberse convertido, básicamente, en unos pinches vendidos. Gillman Street los vetó de volver a tocar ahí, aún cuando se habían vuelto una de sus bandas consentidas. Hasta ese momento, Green Day había sido una banda relativamente conocida de punk que arrancó tocando en cualquier peda a la que los invitaran y que ya había vendido algunos miles de álbumes y llamado la atención de algunos labels. Pero eran todavía unos pinches mocosos; unos rufianes que sólo querían expresarse. Sus primeros dos discos no costaron ni 2 mil dólares, pero la gente sabía que tenían potencial para las grandes ligas.
En esos años, los caimanes, digo, los A&Rs de las majors andaban como locos buscando al ‘nuevo Nirvana’: la nueva mina de oro. Así como ahora ves a los corridos tumbados hacer millones, hubo una época en la que el rock hacía millones y sonaba en cualquier estación de radio que prendieras. Y encontraron en Green Day a sus ratas de laboratorio perfectas.



Woodstock tampoco era una institución de beneficencia. Por muy hippies que se pintaran y te lo vendieran como un “dos días de amor y paz”, también eran dos días de mucho billete. Green Day, obvio, no se chupaba el dedo (lee el primer renglón de esta historia otra vez). Todo esto les acabó beneficiando, pues traían en Dookie una leyenda en potencia. Tal fue el exposure que tuvieron, que cuenta la leyenda que, al día siguiente del festival, los teléfonos del manager no paraban de sonar. Ahora todo mundo los quería, ya fuera en discos, en shows, en entrevistas, en lo que fuera. Y, obvio, las ventas de Dookie se dispararon al cielo.
El brinco sonoro respecto a sus discos low budget fue gigante. Si comparas la versión de ‘Welcome To Paradise’ de Kerplunk, contra la versión que rehicieron para Dookie, la diferencia es abismal y da una idea muy precisa del salto de calidad que dieron. Los sonidos son infinitamente superiores. Las guitarras suenan como sierras eléctricas. Las baterías parecen tocadas por el diablo y los bajos tienen tanto ataque y nitidez que sientes que se te parten las orejas con un hacha. Y sin embargo, no es un disco mega producido, con miles de instrumentos, músicos invitados o cosas así. Es lo que es: punk rock, pero que suena cabrón.
Es curioso imaginar qué se esperaba la movida underground que pasara, si con Dookie, Green Day se estaban convirtiendo en los Beatles del punk (o algo así), con rolotas como Longview, Welcome to Paradise, Basket Case o When I Come Around. Era obvio que eso iba a ser gigante, porque al margen del género, de las distorsiones o de la imagen de niños malcriados, esas canciones eran gigantes. No había nada que hacer más que lo que hicieron: subirse a la bici y pedalear. Porque para venderte, primero necesitas rolas que vendan.







“¿Cómo están, pinches culeros ricos?” gritó Mike Dirnt sin saber que estaba apunto de arrancar el show que cambiaría el rumbo de Green Day para siempre. Fue el 14 de agosto de 1994, durante el segundo día de Woodstock, en medio de un inmenso pantano. “No se fumen la mota café. Compren mota verde, puta madre” dijo Mike al terminar ‘Welcome To Paradise’, la primera rola del set.
Las guerras de nieve deben ser bien románticas (sobre todo si estás grifo) pero imagínate haberte fumado esa madre café que seguro era mota del monte, toda meada y comprimida, y, minutos después, estar en medio de una guerra de lodo, que más que lodo era un caldo de 2 días de lluvia con caca, meados y vómito de 350 mil culerxs. Realmente lo de menos era la mota, después de cuanta pendejada se habrá metido la gente por todos los orificios de sus bellas y jóvenes cuerpas.





Green Day firmó un contrato con Reprise, que era Warner pero con otro nombre, y dejaron su label indie Lookout! Redcords a cambio de un chingo de feria y con el compromiso de grabar varios discos. El primero de ellos fue Dookie, que se grabó en 1993 y se lanzó el 1 de febrero de 1994, en plena era dorada del grunge. Ellos eran conscientes de que no había vuelta atrás. De que habían “traicionado” a la escena punk independiente y que nunca serían perdonados por ello. Pero como dijo Billie Joe en su momento: palante. Decidieron venderle su alma al diablo y, en consecuencia, mucha gente deseaba verlos fracasar.
Tomar una posición en estos menesteres es complicado porque es como saltar a una alberca llena de cuchillos y cocodrilos. El “sistema”, es sanguinario y no entiende de creatividad, no entiende de sentimientos, no entiende de emociones. A la ‘máquina’ lo único que le importa es el varo: vender, vender, vender. Varo, varo, varo. Sin embargo, la idea de que uno, por ser artista, se tiene que morir de hambre también es bastante pendeja. Y Green Day precisamente rompió con el tabú de que hacer dinero es un sacrilegio para una banda de punk. De que los artistas no pueden querer comodidades. Ni modo que no pagues la renta, te compres guitarras más chidas, pedales o puedas financiar tus giras, grabaciones. ¿Con qué se hace eso? Pues con varo. Si ya lo había hecho The Clash, lo podían hacer ellos también.






Y para canciones legendarias, una portada legendaria. Dookie, la palabra que usaban los miembros de la banda para describir las diarreas explosivas que les daban por malcomer estando de gira, queda perfectamente caricaturizada en una portada en la que ves perros y monos, parados en los techos de alguna calle californiana, lanzando caca con charpes a una multitud que se reúne abajo. Una gran lluvia de caca: como en Woodstock.
Este álbum marcó un antes y un después para el punk noventero, acostumbrado a vivir en el underground con shows pequeños y producciones de bajo presupuesto, y que ahora estaba en los ojos de todo el mundo.